Conversaciones profundas que te dejan con la boca abierta

Hace un tiempito estaba en Oslo visitando a Bayayo.

Algo que estoy tratando de convertir en rutina… porque aquí, en esta cultura noruega, es muy fácil que cada quien se meta en su mundo tan pronto empieza la universidad y, sin darte cuenta, uno se va alejando.

Así que ahí estábamos, tranquilos, poniéndonos al día.

Yo, como buena madre, en modo preocupación activa.

Hablándole de mis miedos, de cómo funciona el sistema aquí con el famoso “patrocinio del estado”, donde mientras estudias te dan un dinero para vivir —el famoso stipend— con el que pagas apartamento, estudios y sobrevives… pero que eventualmente hay que devolver cuando empiezas a trabajar.

Nada que ver con nuestros países.

Yo, en mi mente, ya proyectada a futuro:

– el apartamento
– el préstamo
– el trabajo
– la estabilidad
– el “organízate muchacho”

Y entonces Bayayo, en su paz nórdica, me dice: Que quiere seguir estudiando. Que está terminando su Bachelor. Que está pensando hacer un Master. Que todavía no sabe en qué, pero que está explorando opciones. Y ahí fue que se prendió el panel.

Yo, automáticamente:

“Pero entonces busca trabajo.”
“¿Qué tú estás haciendo?”
“¿Dónde estás aplicando?”
“Se te va a ir el apartamento.”
“Empieza a ahorrar.”
“Organízate.”

En fin… yo siendo yo.

Y él… tranquilo.

Demasiado tranquilo para mi gusto.

Hasta que de repente me dice:

“Mami… ¿te puedes calmar?”

(Tú sabes cuando ya eso viene con algo detrás…)

Y continúa:

“Tengo solo 22 años y ya tengo un Bachelor… ¿cuál es tu estrés?”

Y yo ahí… respirando hondo, pero todavía en modo mamá intensa.

Y entonces remata:

“¿Qué tú quieres que yo haga?
¿Empezar a trabajar?
¿Eso es todo lo que me espera?
¿Trabajar, trabajar, trabajar… comprar un apartamento y ya?

¿Eso es la vida, mami?”

Señores.

Yo me quedé en blanco.

Pero en blanco tipo pantalla de computadora dañada.

Nunca, en todos mis años, me había hecho esa pregunta de esa forma.

Porque para mí, la vida siempre fue una carrera:

Terminar la escuela.
Entrar a la universidad.
Buscar trabajo.
Estabilidad.
Casa.
Pareja.
Responsabilidades.

Y ya.

Nunca me senté a pensar:

¿Esto es todo lo que queda?

No encontré argumento.

Nada.

Lo único que me salió fue:

“¿Y qué tú esperabas? ¿Una fanfarria?”

Pero la verdad… es que su pregunta se me quedó.

Pegada.

Dando vueltas.

Porque, aunque suene fuerte, hay algo ahí que hace ruido.

Y desde ese día no he podido evitar pensar:

¿En qué momento dejamos de cuestionarnos la vida…
y simplemente empezamos a vivirla en automático?

A veces los hijos no vienen a aprender de uno.

A veces vienen a abrirte los ojos.

Y esa conversación…

definitivamente fue una de esas.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Maletas, litros, centímetros y otras formas de perder la paciencia

DTMF Bayayo

{19 de Julio.... Otra vez}